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Hugo Rossetti . El lado humano de la sonrisa

Estaba risueño, feliz porque recibió una traffic que tiene una camilla y un espacio para instalar un “bañito”. Con esta nueva integrante al clan de la familia de Hugo Rossetti, el odontólogo planea poder recorrer libremente el continente americano sin restricciones. Le brota la pasión, los conocimientos y la solidaridad. Un día se dio cuenta que lo suyo no era el negocio de la salud sino abocarse a educar en la preservación bucal. Aquí o allá, el doctor es de esos médicos a los que la gente no les tiene miedo. Al contrario, lo quieren y lo cuidan.

Mientras se escucha pasar el tren por el fondo de su consultorio en Banfield (provincia de Buenos Aires), advierte que esto ocurrirá reiteradas veces cada pocos minutos. Dispuesto y enérgico, recuerda al inicio de la charla su etapa de estudiante, cuando apenas se recibió y cuando comenzó a dar clases en la facultad donde se formó.

En su relato, mientras hace memoria y comienza con una catarata de recuerdos, Hugo Rossetti destaca que siempre tuvo una buena relación con los chicos y rememora: “En aquel momento, cuando me recibí, me anoté como ayudante de cátedra de Odontopediatría. Luego fui Jefe de Trabajos Prácticos. A todos esos jóvenes que estaban por recibirse, les enseñé todo lo que los libros de decían. Pero me dí cuenta al poco tiempo que todo eso era muy agresivo, sobre todo para los niños más pequeños. Había que invadir la boca con todo lo que representa”.

El hombre que se crió en el campo en la provincia de Corrientes, cuenta que hace ya muchos años toma fotos con las que creó un archivo de seguimiento longitudinal de pacientes que atendió. “Tengo más de 450 mil de hombres y mujeres que después trajeron a sus hijos y que hoy no tienen caries ni miedo al dentista. Costó mucho esto. Tuve que darme cuenta que para lograr esto había que dar cambios de fondo y no de forma. Es decir la humanización de la ciencia”, explica desde un consultorio lleno de plantas con grandes ventanales.

 

 

En este archivo longitudinal que hizo pudo empezar a trabajar el “respeto por la biología”. De ahí que dejó de utilizar el término prevención para comenzar a usar la palabra “preservación”, es lo que la biología hace con los humanos, los animales y las plantas. Para explicar la diferenciación dijo: “Prevención la usan un montón de tarados que no saben nada de salud. La palabra esconde a la enfermedad. Preservación es un término biológico, de la naturaleza”. En medio de la charla, opina que “como en la televisión la estética es fundamental (y cita el ejemplo de Susana Giménez con sus nuevos dientes ultra blancos, “mentira, los dientes son cremita” aclara), entonces todos los congresos son hacia la estética y los implantes y no hacia la salud, la prevención o hacia formar un individuo sano”. Y trae otro ejemplo a la luz.

El año pasado estuvo con los indios mayas y en vez de arreglar muelas fue a trabajar en la salud. Al respecto, expresa: “A mí me interesa la salud de ese pueblo porque sufrió tantas torturas, tanto hostigamiento. Me interesa la generación posterior a la nuestra que hoy puede hacer técnicas sencillas con flúor, un buen cepillado por día, para que ese niño en 20 años sea un adulto sano y a sus hijos no los deje enfermar”.

A rodar por el mundo

Rossetti ha girado por distintos puntos del planeta. Trabaja en diferentes programas en África, México, Ecuador, Argentina y unos cuantos rincones más. Pero no sólo se aboca a los grupos aborígenes, también aboca su especialidad a discapacitados, sordos, ciegos, en centros de recuperación de drogadictos (viene a Santa Fe algunas veces). Los programas que aplica son totalmente diferentes en cada lugar.

Además trabaja con los indios rinconada (Jujuy), indios mayas, con los tehuelches y mapuches. “Yo pensé que hacer los hábitos en los niñitos y que los padres trabajen en eso, que si esto funcionaba en espacios periféricos, en villas de emergencia, creí que si ahí era posible acá también (aludiendo a la ciudad). Y no, me equivoqué. Una maestra en la comunidad mapuche cumple mil funciones. Acá en Banfield le decís que tienen que cepillarle los dientes una vez por día, te responden ‘cuánto cobran por eso o qué puntaje recibirán’”, sentencia. Como su objetivo es finalmente la educación en salud bucal, sin entrar en el trabajo general de muchos dentistas, llega a los distintos lugares del mundo costeando él mismo sus gastos, mientras que a otros lo hace organizando cursos pagos para sus colegas para pagar los costos de traslado. “Trato de conseguir algún vehículo que tenga cama. Pero ahora me acaba de llegar una 0 kilómetro con un espacio para instalar un baño”, cuenta con una enorme sonrisa. Y retoma: “Hay otros lugares donde me contratan los gobiernos o asociaciones. En los centros de refugiados me invita Odontología Solidaria u otra ONG española”.

Para finalizar, concluye que cuando piensa en todo lo que hace, se da cuenta que está “un poco cansado”. Y claro, 74 años y con tantas idas y venidas no es para menos. “Es muy hermosa la investigación que hago –reflexiona-. Me hechan de todos lados pero me respetan por el archivo que tengo de chicos. Si hubiera estado con la enfermedad hoy estaría cosechando yerba en Misiones. Pero yo quiero seguir recorriendo Latinoamérica y el mundo. Ahora voy a escribir mi tercer libro”. “Me crié en el campo, en Montecaseros, provincia de Corrientes. A mí me torturaron de chico con el dentista. Así que no sé si luché por los niñitos en general o por el Huguito Rossetti”, dice a modo cómplice.

Hugo Rossetti: Es autor de los libros “Odontología latinoamericana” y “Salud para la odontología”.